Donde las dan las toman, y callar es bueno

Ofelia, del dolor a la muerte.

Martes 22 Enero 2008 · 1 comentario

Ofelia simboliza el sufrimiento insoportable. Las interpretaciones de Ofelia siempre llevan una carga de tristeza que flota en las aguas de la muerte.

La pobre Ofelia enloquece por amor, un amor útopico que choca de pleno con un mundo corrupto y sucio.

Hamlet pretende a Ofelia y la colma de poesía y cumplidos, después este enloquece matando en su camino tortuoso a Polonio el padre de esta. Hamlet es enviado al exilio (o al asesinato), ante esa situación tan confusa Ofelia se deja abrazar por la locura, más tarde encontrará la muerte y la desesperación, incapaz de soportar su destino.

Pobre Ofelia, todos acaban muertos o esclavizados por los invasores, pero la victima por excelencia de todas las intrigas palaciegas es la pobre Ofelia.

Silencio…….

 

Ofelia de Millais

 

Ophelia. J Millais 1852

 

 

 

 

There is a willow grows aslant a brook,

That shows his hoar leaves in the glassy stream;

There with fantastic garlands did she come

Of crow-flowers, nettles, daisies, and long purples

That liberal shepherds give a grosser name,

But our cold maids do dead men’s fingers call them:

There, on the pendent boughs her coronet weeds

Clambering to hang, an envious sliver broke;

When down her weedy trophies and herself

Fell in the weeping brook. Her clothes spread wide;

And, mermaid-like, awhile they bore her up:

Which time she chanted snatches of old tunes;

As one incapable of her own distress,

Or like a creature native and indued

Unto that element: but long it could not be

Till that her garments, heavy with their drink,

Pull’d the poor wretch from her melodious lay

To muddy death.

Allí donde en el rió crece un sauce recostado,

que refleja hojas blancas en el agua cristalina.

Allí, mientras tejía fantásticas guirnaldas

de ranunculos, ortigas, margaritas y esas flores alargadas

que los pastores procaces llaman con nombres soeces,

pero que en boca de nuestras doncellas no son

sino “dedos de difunto”. Allí, cuando trepaba

para colgar en el árbol su corona silvestre,

rompiese una rama pérfida, y cayo ella, y sus trofeos

floridos en aquel arroyo de lagrimas. Extendidos

sus ropajes en el agua, salía a flote cual sirena,

y cantaba estrofas de antiguas canciones,

inconsciente del peligro, o como hija del agua,

acostumbrada a vivir en el propio elemento.

No paso mucho tiempo, sin embargo,

sin que el peso de sus vestidos empapados de agua

arrebatara de sus cánticos a la infeliz, arrastrándola

al cieno de la muerte.

Shakespeare, W.: Hamlet, Acto IV, escena VII.

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